Libro:
MIS CUENTOS DE 7 VIDAS
Páginas: 45
Ilustraciones: A 1 COLOR
Medidas(cm.): 20 X 22 X
0.3
Peso: 115 GR.
Precio U$S: 30
Siete
cuentos cortos. Editado por Columbia Stationery Corp, New York, 1981.
"El Billarista"
Mi playa no es como tu playa. Mi playa es diferente a todas las
conocidas. La arena es blanca como la nieve. Cuando alguien camina sobre ella, las huellas
se borran al instante, mágicamente, sin dejar rastros. Mi playa es así, una inmensa
superficie blanca, pura, inmaculada.
Tiene además otras características. Mi playa no tiene cielo. Un
enorme techo gris la cubre hasta donde la vista alcanza, a manera de cielo raso,
separándola del cielo real. Y además, tiene un mar de sangre. Cuando las olas mueren en
la orilla y manchan la blancura de la arena, el teñido desaparece instantáneamente,
apenas la sangre se retira. En medio de tal soledad, de tal silencio, en mi playa de
arenas blancas, techo gris, tormenta y mar sanguíneo, hay un billar en la orilla. Un
billar holandés, con un taco apoyado al costado y tres bolas de colores sobre el fieltro
verde. Una blanca, una azul y otra colorada.
Todos los viernes 13, puntualmente, por lo alto de las dunas,
aparece la figura de un hombrecito de cara lisa, sin rasgos como si fuera un huevo. El
hombrecito viste impecablemente de etiqueta. Tiene la clásica vestimenta del billarista
profesional. Su smoking de lujo, sus solapas de seda bien brillantes, su camisa
almidonada, su corbata de moñita negra y sus zapatos puntiagudos de charol. El hombrecito
entonces, se detiene, observa desde su rostro sin ojos la posición del billar, y se
dirige marcialmente a él, mientras sus huellas se van borrando instantáneamente detrás
suyo. Se acerca como todos los viernes 13 lo hace, toma cuidadosamente el taco y comienza
a jugar. A realizar carambolas, sin pausa, sin descanso alguno, mientras duran las 24
horas que lo llevan de un día al otro sin darse cuenta.
Es evidente, que el billarista es un infalible hacedor de
carambolas, porque nunca yerra en eso de que las tres bolas de marfil se choquen entre
sí. Y aunque éstas queden en las más difíciles posiciones contra las bandas del
billar, el hombrecito de cara lisa, se las ingenia para lograr, adoptando las más
complejas poses atléticas y apelando a toda clase de recursos sin salirse de las leyes
del juego, que las carambolas se sigan sucediendo sin errar jamás.
Terminado el día, el billarista, como siempre lo ha hecho, desde el
principio de los días, ubica el taco contra la mesa otra vez, y parte hacia las dunas,
desde donde observa el billar que abandonó en la orilla, para desaparecer entre los
tamarices, y reaparecer otro viernes 13 para seguir cumpliendo su tarea rutinaria de
infalible hacedor de carambolas.
Hasta que un día, cuando el calendario señala un nuevo viernes 13,
el hombrecito de cara lisa, al observar desde las dunas, como siempre lo hizo, nota que
sobrevolando el billar, planea y se agita un pájaro. Un enorme pájaro de aluminio con
alas de vitraux de iglesia. En movimientos pesados, metálicos, disonantes, el pájaro
rompe el silencio de mi playa en un aleteo chirriante y quebradizo.
El billarista, sorprendido ante la extraña aparición, muestra su
asombro en rasgos que se dibujan sobre su cara lisa y toma el taco, blandiéndolo como
para defenderse o atacar sin lograr acertarle. El pájaro, desorientado, opta por posarse
en el billar, y tentado por las bolas, se las devora una a una, como si fueran tres frutas
de colores.
El billarista tarda en reaccionar. En darse cuenta de que al
devorarse las tres bolas, el pájaro lo ha liberado de su rutina de hacer carambolas.
Apoyando su taco al hombro a manera de fusil, opta por partir, tomando el camino de las
dunas. Pero inevitablemente, como siempre lo ha hecho, al llegar a la cima de mi playa, no
puede menos que detenerse para observar el billar por última vez. Y lo hace en el preciso
instante en que el enorme pájaro desprende sus patas del fieltro y vuelve a tomar vuelo.
El hombrecito descubre, que sobre la mesa el pájaro puso tres
huevos y ya no los ve como huevos que son. Entiende que siguen siendo bolas, aunque éstas
ahora se han deformado en pequeñas pelotas de rugby. Y se siente entonces empujado a
regresar a paso acelerado hacia el billar. Está seguro, de que si apunta con toda su
eficiencia sobre los huevos, la carambola va a producirse, los huevos van a romperse al
chocar entre sí, y él, finalmente, va a quedar desatado de su esclavitud de infalible y
eterno hacedor. Toma su taco con un cuidado que nunca antes precisó, afinando la
puntería. Como si de ella dependiera su vida, su destino. Y los huevos se quiebran
delante de sus ojos, los que ya se dibujan en su cara y le quedan abiertos y asombrados.
Pero al quebrarse los huevos, las cáscaras dejan nacer de golpe, tres extraños pájaros
colorados. Tres pájaros guerreros, que comienzan a crecer en años, en estatura y en
plumaje en un instante. Para tomar vuelo sorpresivamente, trabándose en sangrienta lucha
con el pájaro de cristal y aluminio, haciéndole añicos instantáneamente la cola y
ambas alas, las que al caer en el mar de sangre, lo transforman en un transparente y
luminoso mar azul.
Las aves triunfadoras, pasan de inmediato a formar una tromba sobre
el billar y haciendo un giro continuado de tirabuzón sobre el desconcertado billarista,
horadan con el pico a manera de pájaros carpinteros, tres orificios en el cielo raso
gris. Por ellos escapan hacia el exterior, hacia el espacio ocupado por el cielo real,
más allá del techo de mi playa.
El billarista entonces, ya no ve más razón para quedarse. Toma
otra vez el taco y lo usa a manera de bastón. Sabe que emprende ahora su definitiva
retirada. Las marcas del bastón y de sus pies ya no desaparecen detrás suyo. Pero al
llegar a la última duna, no puede evitar la costumbre y como siempre lo hizo, se detiene
para dirigir su mirada al billar. Y es ahí ,que distingue, que sobre el tapiz verde, se
dibujan tres perfectos círculos, provocados por los tres haces de luz que provienen del
cielo, a través de los orificios hechos por los pájaros al partir.
Es por eso, que todos los viernes 13, sigue llegando a mi playa el
billarista, ya no de cara lisa y sí con los rasgos de su rostro bien definidos,
perfectamente vestido con su smoking impecable, su camisa almidonada y corbata de moñita,
a continuar eternamente, haciendo carambolas con haces de luz.
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