Estos logros y la atropellada de jóvenes que lo rodearon ávidos de
aprender, lo llevaron junto a su amigo Ariel Rodríguez a fundar en 1952, la Escuela de
Artesanos Ceramistas en La Paz (Canelones, Uruguay). A ella sucedieron el Taller de
Artesanos de Montevideo y finalmente en Brasil, el Centro de Cerámica de San Pablo, en
1973.
En 1957, el contacto en Francia con Pablo Picasso
afirmó su vocación. Al artista le resulta difícil describir la emoción que sintió al
profanar la intimidad de su taller de Villa California y acariciar sus toros, chivos y
lechuzones esmaltados en fuentes y platos, colmando las estanterías de Madoura.
Fruto de ese maravilloso encuentro, resultó la
exposición de las veintisiete cerámicas que Don Pablo generosamente puso en sus manos,
inaugurada en Montevideo, en el año 1959.
A medio siglo de su primera muestra personal, al
costado de su caballete, las artes del fuego siguen siendo su pasión.
A lo largo del mundo, en todo sitio donde pasó, una
de sus cerámicas quedó representándolo. Un plato mas otro plato, marcan el derrotero de
su aventura buscando el arte.
Actualmente, en Casapueblo, su taller de Punta Ballena,
Carlos Páez Vilaró abraza la tierra, el agua y el fuego y hace nacer sus criaturas desde
el propio vientre de la naturaleza, tatuando sus ideas sobre la piel del barro.