En la parte alta, a la que se llegaba por
una enclenque escalera de hierro, una pieza denominada "Yacumenza"- era la
posada del candombe. Todos los tambores de una comparsa, dormían allí durante el
invierno para despertar en carnaval.
El negro uruguayo le abrió generosamente
sus brazos y su vida, ofrendándole con ternura la riqueza de su folklore, para que Carlos
Páez Vilaró pudiera expresarse como artista.
Comenzó dibujando ropa para los lubolos,
decorando sus caras, tambores y estandartes. Luego compuso candombes que nacían y morían
en las voces del carnaval. Finalmente pintó la vida del negro en todas sus formas. Cantos
de cuna, misas negras, casamientos, llamadas, comparsas, bailongos, velorios o Navidades
nacieron en sus cuadros.
Cuando agotó el tema del candombe en sus
cartones, la tentación de partir a investigar sus raíces lo empujó a cruzar las
fronteras de la africanía.
Finalmente el continente negro terminó
apuntalando su pasión brindándole sus selvas y sus ríos, sus tribus y sus aldeas, sus
animales y mercados para animar su inspiración. Dejó su pensamiento aprisionado en
varios libros sobre el tema, "Candombe"; "Bahía";
"Candango"; "Affiches"; "La Casa del Negro"
"Mediomundo, un mundo de recuerdos" y "Cantos de comparsa"en ellos,
recopiló anécdotas, reflexiones, episodios vividos o comentarios, que representan el
diario de su caminata. Son documentos que fijan en el tiempo, el historial de su pasaje
por el folklore que representa y enorgullece al Uruguay.
Hace cincuenta años que Carlos Páez Vilaró, con su tambor
al hombro, baja a Montevideo el primer viernes de febrero para unirse a
"Morenada" la comparsa en la que integra la cuerda de tambores.